martes, 17 de agosto de 2010

Trucha y Armario. Un cuento.

Por: Raul Eduardo Leon.

Hace mucho tiempo, todos los peces del océano merodeaban sobre la superficie de la tierra. Los peces en ese entonces se comunicaban fácilmente con los semi dioses que habitaban la tierra, y por ello eran grandes amigos. Eran criaturas bastante curiosas y lejanas a como las conocemos hoy en día: llevaban bonitos picos de ave y pieles de hermosas tonalidades. De sus vientres salían finas patas con las cuales se desplazaban elegantemente sobre los humedales. Un día los semidioses que cuidaban al hombre decidieron hacer una fiesta, y para celebrar en grande invitaron a las criaturas más hermosas y particulares de la creación: pavos reales exhibían sus penachos de plumas, colibríes revoloteaban de aquí para allá.

Por supuesto, las truchas habían sido invitadas, pero no daban el menor rastro de aparecer en la fiesta, lo cual despertó la ira de las grandes personalidades y de los hermosos animales. Las truchas eran criaturas bastante orgullosas, así que, cuando llegaron tarde al banquete, y encontraron las migajas de lo que sobró del festejo, se enojaron con tal furia que comenzaron a picotear a todos los invitados, que yacían dormidos tras el ruidoso bacanal.

No contentas con tal agresión, las truchas entraron en la morada de madera del semidios Armo, de la cual saquearon toda clase de postres y viandas deliciosas que el hombre guardaba para el invierno. Eso si, las truchas tomaron la precaución de quitarse sus plumajes y ropajes, para no ensuciarlos con toda la comida que se estaban zampando.

Pero desafortunadamente ya todos los semidioses y animales ya se estaban despertando, y Armo en especial se estaba apresurando a reincorporarse para buscar a sus agresores , adolorido y enfurecido por los chorros de sangre que emanaban de los picotazos de su piel y se dirigían hacia su propio hogar. Para cuando llegó a su casa, Armo encontró con sorpresa que las truchas se acababan sus últimas provisiones alimenticias, y dice la historia que fue tal su ira, que de un grito las truchas quedaron desmayadas.

Como castigo, Armo rápidamente les quitó sus picos hirientes y sus patitas zancudas, para luego desterrarlas al mar, donde hoy aún revolotean, como tratando de regresar a la tierra a recuperar sus abrigos, que las hacía ver vistosas, y no brillantes y resbaladizas como lo son ahora. Pronto, el semidiós Armo decidió agrandar y agrandar el espacio de su morada, dejando la pequeña casa de madera como un depósito de toda clase de pieles y plumajes valiosos que recolectaba tras sus aventuras, originando así la costumbre de los armarios, que en lenguas antiguas significa "Pieles de Armo".

1 comentario:

  1. Raúl Eduardo: muy interesante el planteamiento de la imaginativa historia que propones, y solamente tengo un pequeño comentario relacionado con la "lógica interna" del relato, y es la referencia al tipo de pez que escogiste. Si bien la trucha pertenece a la familia de los salmónidos, solamente habitan en agua dulce, mientras que los salmones sí nacen en agua dulce, descienden al mar y allí crecen.
    Cuando alcanzan la madurez sexual remontan los ríos y vuelven al lugar de su nacimiento. Yo te recomendaría -si lo consideras pertinente- que cambiaras las truchas por salmones, y que quedaran condenados por los dioses a retornar al lugar de su nacimiento, y allí mueren, pero dejan una nueva generación que retorne infinitamente en busca del perdón.
    Eso le daría "credibilidad" y consistencia a la explicación mágica.
    Cordialmente,
    Celso Román

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